domingo, 17 de febrero de 2013

El amor de Emma y Charles




Revista para América y el mundo, de ciencia, conciencia y libertad





El amor de Emma y Charles

Eduardo Garibay Mares
Prensa Libre
Jacona Michoacán. Lunes 18 de febrero de 2013
Página 2

Por la poderosa fuerza del amor que vincula a la humanidad, en la selección de su pareja Emma y Charles decidieron casarse para formar una familia y procrear su descendencia, por lo que partir de su matrimonio los célebres amantes vivieron felices, para siempre, la unión conyugal que sólo la muerte separó.
Inteligente y de amplia cultura, la bella inglesa Emma Wedgwood, nacida el 2 de mayo de 1808 en Maer Hall, se casó con Charles Robert Darwin, naturalista que científicamente demostró que todas las especies de seres vivos han evolucionado, en el devenir del tiempo, a partir de un antepasado común, mediante un proceso denominado selección natural, y al que se le recuerda en ámbito internacional en el marco conmemorativo de su nacimiento, ocurrido el 12 de febrero de 1809, en Shrewsbury, Inglaterra, día natal que al coincidir con el festejo del 14 de febrero, Día de San Valentín, de los enamorados, del amor y la amistad, propicia destacar en este 2013 el sentimiento sublime y dejar de lado cuestiones engendradas por el odio, sentimiento antagónico de cuyas muestras fatalmente también está plagada no sólo la historia del mundo, sino el diario vivir actual, cuando tristemente el odio prosigue, de forma creciente, antepuesto al amor.
El poder del amor
Inquieto por contraer matrimonio y sin poder concentrarse en sus ideas y su trabajo, Charles, como buen científico, analizó fría y calculadoramente los pros y los contras de casarse o no casarse, y los plasmó en sendos listados de un escrito que tituló “Esa es la cuestión”, una lista en la que el investigador no incluyó el latente sentimiento que lo impulsaba a tomar la decisión vital y más trascendente de la vida: el amor.
Sí, el amor que lo hizo estremecerse de excitación al estar al lado de Emma y sentir una plancha en el estómago, a la vez que experimentaba una sensación electrizante, mientras caminaban, entrelazados los brazos, por el robledal de Maer Hall. El amor, siempre el amor, que lo hacía creer que su cabeza, separada de su cuerpo, viajaba por alguna otra galaxia. El amor del que nace el uno para la otra, cuya eclosión hizo pensar a Charles que acaso era una nueva recurrencia de la fiebre de la que acababa de recuperarse. Esto es, el pleno sentimiento por el que luego, al acercarse a Emma, quien sentada al piano tocaba la Sonata en la menor, de Mozart, y ver su hermoso perfil a la luz del sol, que le iluminaba el cabello que caía sobre sus hombros descubiertos, algo desde muy adentro lo emocionó e impulsó a manifestarle su amor, envuelto por la música y ya sentando junto a ella, cuando rodeándola con sus brazos con frases entrecortadas y atropelladas le dijo que siempre la había amado y que si ella lo amaba, le pedía que se casara con él; a lo que Emma reaccionó con un beso primero, inolvidable, por las cálidas vibraciones sentidas en sus labios, para luego decirle: Charles, aparte de ser el hombre más honesto que he conocido, eres el más lento. He esperado años a que me propusieras matrimonio. Siempre te he querido y a veces llegué a pensar que este momento nunca llegaría, me siento feliz y estoy segura de que lo seré aún más cuando nos casemos.
Declarado su amor a Emma el 11 de noviembre de 1838 y correspondido por ella, Charles buscó, encontró y compró casa en Londres, ya que no quería que su noviazgo fuese largo, y menos aún perderse por más tiempo de la compañía de tan maravillosa mujer, por lo que de común acuerdo decidieron casarse el 29 de enero de 1839.
Emma y Charles tuvieron diez hijos: William Erasmus, Anne Elizabeth, Mary Eleanor, Henrietta Emma, George Howard, Elizabeth, Francis, Leonard, Horace y Charles Waring. Sin embargo además de la sensible pérdida de su bebé Mary Eleanor, de menos de un mes de nacida, fue en 1851 cuando el 22 de abril la amorosa madre y el cariñoso padre sufrieron el máximo dolor al ver morir a su hija Anne, apenas cumplidos los diez años de edad, tras una larga agonía por fiebres. Un trance que Emma asumió con entereza maternal y en el que influyó para que Charles, al sobrellevarlo con amor, manifestase: “Hemos perdido la diversión del hogar, y el consuelo de nuestra vejez. Si sólo ella supiera cuán profunda y tiernamente aún amamos y amaremos su hermoso rostro”, pues aunque resentido en su fe religiosa dejó de asistir a misa los domingos, continuó su ayuda económica a la iglesia local, un cambio público por el que negó ser ateo y se reconoció agnóstico, inclinado al razonamiento metafísico, más allá de lo físico, lo cual fue una actitud equilibrada ya que tampoco se contrarió porque el conocimiento científico fue incapaz de devolverle la salud a su hija y salvarle la vida.
El amor y la ciencia
Por amor fue que Emma y Charles son protagonistas en la crónica romántica que engarza la contribución de Darwin a la ciencia, como parte de la historia universal a la que siempre enlaza en su trama el amor, en todas y cada una de sus manifestaciones vinculantes, y sobre las que sólo se sobrepone el amor a Dios, cual es también el caso en cuanto a la ciencia, primordial para el avance de las civilizaciones y la óptima vida de la humanidad y su medio ambiente, ya que desde siempre la punta de lanza de las teorías científicas más avanzadas está, invariablemente, por debajo de la esencia divina, de Dios, del Supremo Hacedor.
Y también por amor fue que para Charles el barco de su vida tuvo propia seguridad, contra tormentas y mal tiempo que pudieran presentarse. Un barco de vida familiar que Emma condujo a su lado, siempre amante, serena, paciente, e inteligentemente, llevando a bordo a sus hijos e hijas, en una travesía de armonía, felicidad, y, sobre todo, de amor, por el que Emma y Charles, amantes célebres, compartieron, e igual disintieron respetuosamente, en torno a ideas y actividades. Una historia romántica que además documenta el aporte de Charles Darwin al conocimiento universal: proyecto de vida del naturalista al que también contribuyó Emma, como lo hizo al participar en la corrección del libro de Charles, titulado El origen de las especies mediante la selección natural o la conservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida, que fue publicado el 24 de noviembre de 1859, obra en la que él sustentó hipótesis y teorías que constituyen la base de la biología moderna.
Charles Darwin murió el 19 de abril de 1882, y su amante esposa Emma lo sobrevivió hasta el 7 de octubre de 1896, cuando tras catorce años de separación física, y más allá de la ciencia, ambos pasaron a la inmortalidad histórica como célebre pareja unida por el amor: hasta la muerte y en el eterno más allá divino.
















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